23 jul 2014

LAS COSAS QUE NOS TRAGAMOS

por Carlos Rey

Yaroslav Petuchov ejercía su profesión en Praga, en la antigua Checoslovaquia. Llevaba mucho tiempo aprovechándose de su profesión para coleccionar cosas interesantes. No era un coleccionista «de primera» sino «de segunda», pero esto no se debía a que esas cosas se encontraran en almacenes de antigüedades sino a que él mismo las encontraba en el estómago de sus clientes. Como médico cirujano, Yaroslav Petuchov no desperdiciaba nada de lo que pudiera sacarles a sus pacientes.

Ahora bien, ninguno de esos pacientes jamás hubiera acusado al excéntrico médico de desatenderlo. Al contrario, lo único que el doctor Petuchov trataba con cierta indiferencia eran las cosas más comunes que extraía del estómago de ellos, tales como botones, monedas y agujas, ya que éstas no despertaban el interés de nadie en comparación con las cosas raras y excepcionales que llegaron a conformar su curiosa colección. Entre estas cosas preciadas había boquillas de cigarrillos, relojes de pulsera, medallones con cadena y todo, rulos para rizar el cabello y, sin lugar a dudas una de las cosas más raras de todas, una reina de ajedrez que un jugador nervioso se tragó antes de que le dieran jaque mate. ¡Con razón aquel curioso cirujano logró mantener vivo su interés en la operación de cada paciente! Estaba consciente de que en cualquiera de ellos podría encontrar una valiosa pieza más para incorporar a su extraordinaria colección.

Así como es posible operar físicamente a una persona y descubrir en ella toda clase de cosas ocultas que se ha tragado, también es posible operarla espiritualmente. En lo físico el que tiene el poder para hacerlo es el cirujano; en lo espiritual, es la palabra de Dios. A eso se refiere el escritor bíblico de la Carta a los Hebreos cuando dice: «Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta lo más profundo del alma y del espíritu, hasta la médula de los huesos, y juzga los pensamientos y las intenciones del corazón.»1 Según el apóstol Pablo, la palabra de Dios —infalible, certera, e inapelable— es la espada del espíritu2 que revela los secretos más penosos y pone al descubierto la más recóndita maldad.

Gracias a Dios, una vez que Él, por medio de su palabra, descubre esas cosas que no debiéramos habernos tragado, no se dispone a sacarlas con ansias de exhibirlas ante los demás como trofeos que forman parte de su colección, para vergüenza nuestra, sino que se ofrece a sacarlas con el deseo de desecharlas y así limpiarnos de toda maldad, para gloria nuestra. Pues es sólo mediante esa limpieza interior total que podemos llegar a disfrutar de una vida saludable, carente de todo organismo perjudicial a nuestra salud espiritual, como también de la vida eterna.


1 Heb 4:12
2 Ef 6:17